domingo, 9 de octubre de 2011
Partituras
-¿Da Vd. su permiso?
-¡¡ Adelante!!
Entró con paso vacilante en la estancia. La boina bailaba entre sus temblorosas manos.
La imponente presencia que estaba enfrente, formuló la pregunta:
- ¿Qué se le ofrece?
- Siento molestarle señor, pero me temo que las cosas abajo no andan nada bien. Se palpa la tensión. Son muchos problemas los que acucian al espectador y les están dando por todos lados…
-¿Y...?
- Hay que hacer algo. Me limito a cumplir mis funciones en el momento que me toca el turno, pero les he cogido cariño. Todos ellos me inspiran una gran lástima y compasión. Los rozo constantemente y se percibe en sus rostros tensos y en sus andares cansados, un gesto de derrota. Tiene que haber alguna solución para dar paso a la tregua y dejar que la esperanza anide en sus corazones. Tal y como está el panorama de oscuro y grisáceo, la cosa no lleva buenos derroteros. Se aunan demasiados elementos negativos para no dejarlos levantar cabeza. Señor, no le pido más que un poco de cálida luz. Me gustaría, repito, iluminar esas vidas grises, vacías y sin alicientes de ningún tipo. Es cuestión de cambiar las sombras por la luz y el sol. Simplemente darle un toque a mi compañera y que salga por un rato a la palestra…
- Hay que esperar y dar tiempo al tiempo…
- Ya lo comprendo, pero póngase Vd. en el lugar de estos seres que pueblan el mundo y, ante todo lo que tienen y no tienen, la sensación de pérdida es muy grande.
-¡¡ Amigo mío, conozco todos los colores del arco iris!! He vivido las luces y las sombras, el frío y el calor, la furia y la placidez, la exaltación y la calma, la risa y la lágrima, la alegría y la pena, la impotencia de la rabia, el grito silencioso…
Su interlocutor con gesto compungido y conteniendo la furtiva que pugnaba por salir a chorro, respondió:
- Comprendo que todo tiene que seguir un orden y no se pueden cambiar las estaciones, pero, repito, adelantar un poco… no estaría de más. Es una forma de que no se llegue a la desesperación.
- Nada que hacer. Puede retirarse.
Esa voz que momentos antes hablaba vehemente y con tono de súplica, salió de la estancia con pasos vacilantes.
Amanecía. Tenía que bajar y dar paso al chaparrón copioso, el viento huracanado, la fría escarcha.
La presencia que se encontraba en el espacioso salón, dirigió sus pasos hacia el piano. Sus largos dedos acaricieron el teclado. Con extrema suavidad, dejó que se deslizasen sobre el mismo y que esas notas invernales, diesen pasos de baile...
La llegada de la Primavera, tendría que esperar su turno.
Horas más tarde, se levantó un fuerte viento y la lluvia repiqueteó en los cristales.
A través de la ventana abierta, esas gotas lluviosas salpicaron las partituras de música…
¡ Busco una carcajada !
Es lo que hay. ¿Y por qué no contarlo? Mejor dicho, es lo que he visto y no hubiese querido ver. La infusión de menta hizo efecto y me sentí como un león sin jaula. No sabía muy bien en que invertir el tiempo. Decidí asomarme a la ventana de mi salón. Más o menos lo de siempre. En esta bendita ciudad donde un día aterricé, predomina el mal tiempo. No pasa nada. Abres el paraguas y sigues capeando el temporal.
Abrí la ventana y respiré una bocanada de aire fresco. He aprendido las técnicas respiratorias de inspirar y expirar y lo paso chachi. Mis pulmones, por otro lado, me lo agradecen. Allí estaba, con los codos apoyados en la ventana y mirando hacia la calle.
Dos escenas muy distintas, acapararon mi atención. Un abuelo con su pequeño nieto. El niño hacía volar una cometa de vistosos colores. Mientras tanto el anciano, desde un banco, contemplaba con una sonrisa en los labios a ese pequeño feliz que correteaba de un lugar a otro y tiraba de un cordel mientras alzaba la vista hacia la cometa que salía al encuentro de las nubes.
Sonreí al contemplar la escena. Dejé vagar la mirada distraídamente y observé otro paisaje distinto. Una mujer, desaliñada y con viejas ropas, hurgaba dentro del contenedor de las basuras. A medida que hacía selección, introducía en una bolsa de plástico lo que creía que se podría aprovechar para poner en la mesa. En un momento dado, cogió una manzana y la contempló atentamente. Le dio varias vueltas a la misma. La frotó en la manga de su raída chaqueta, y no esperó a que sirviese de postre. Hincó los dientes con fuerza y dejó que el zumo resbalase por la comisura de los labios.
La acompañaba un niño de corta edad que contemplaba con ojos de sed, el movimiento de la manzana a la boca…
Miré hacia ambos lados de la calle. Crucé esas dos escenas. El abuelo con su nieto y una bonita cometa de colores, que vislumbraba el mundo que tenía alrededor.
En la otra esquina, se elegía el menú para la cena.
Respiré profundamente el aire de la tarde y decidí cerrar la ventana. Hacía frío y se estaba levantando un poco de viento…
Ya lo he dicho en otro lado. Me gusta escribir lo que veo aunque quisiera no haberlo visto...
Y ahora que lo pienso. Hace tiempo que la carcajada no acude a mi lado. Tendré que salir a su encuentro…
Es posible que aparezca.
Abrí la ventana y respiré una bocanada de aire fresco. He aprendido las técnicas respiratorias de inspirar y expirar y lo paso chachi. Mis pulmones, por otro lado, me lo agradecen. Allí estaba, con los codos apoyados en la ventana y mirando hacia la calle.
Dos escenas muy distintas, acapararon mi atención. Un abuelo con su pequeño nieto. El niño hacía volar una cometa de vistosos colores. Mientras tanto el anciano, desde un banco, contemplaba con una sonrisa en los labios a ese pequeño feliz que correteaba de un lugar a otro y tiraba de un cordel mientras alzaba la vista hacia la cometa que salía al encuentro de las nubes.
Sonreí al contemplar la escena. Dejé vagar la mirada distraídamente y observé otro paisaje distinto. Una mujer, desaliñada y con viejas ropas, hurgaba dentro del contenedor de las basuras. A medida que hacía selección, introducía en una bolsa de plástico lo que creía que se podría aprovechar para poner en la mesa. En un momento dado, cogió una manzana y la contempló atentamente. Le dio varias vueltas a la misma. La frotó en la manga de su raída chaqueta, y no esperó a que sirviese de postre. Hincó los dientes con fuerza y dejó que el zumo resbalase por la comisura de los labios.
La acompañaba un niño de corta edad que contemplaba con ojos de sed, el movimiento de la manzana a la boca…
Miré hacia ambos lados de la calle. Crucé esas dos escenas. El abuelo con su nieto y una bonita cometa de colores, que vislumbraba el mundo que tenía alrededor.
En la otra esquina, se elegía el menú para la cena.
Respiré profundamente el aire de la tarde y decidí cerrar la ventana. Hacía frío y se estaba levantando un poco de viento…
Ya lo he dicho en otro lado. Me gusta escribir lo que veo aunque quisiera no haberlo visto...
Y ahora que lo pienso. Hace tiempo que la carcajada no acude a mi lado. Tendré que salir a su encuentro…
Es posible que aparezca.
viernes, 30 de septiembre de 2011
Una botella de vino español...
Hoy he disfrutado de la mesa. El menú fué sencillo, pero compañado...
Es lo que pasa. No suelo asistir a eventos. Me gustan, pero no me invitan. No se puede decir que tengo la agenda apretada. Tranquilidad ante todo. Algún día me sentaré en el palco de la ópera y dejaré que las voces de los tenores hagan cosquillas en mis oídos. Dejarán de estar los diferidos y se dará paso al vivo y al directo. El fondo de armario anda flojillo y hay que darle un toque de atención. Será en la pasarela Cibeles donde veré culminados mis sueños. Ya con el modelo elegido, dirigiré mis pasos hacia el puerto y subiré las escalerillas del trasatlántico que me llevará a recorrer, acompañada de Leonardo, ese mundo que no conozco.
Compás de espera, simplemente eso…
Mientas observas el prendido de las medallas en las solapas de otros, te buscas tus “propios homenajes”.
He ido al supermercado a hacer compras. al pasar por el estante de los buenos caldos, oí un silbido. Me quedé desconcertada y con cierto rubor en las mejillas. Hace tiempo que esos silbidos de admiración, han dejado de sonar…
Seguí, con aire lánguido, mi camino, pero volví a oír el silbidito. Esta vez, sí miré de donde procedía.
Una botella de vino español precio elevado y buena marca, me hacía guiño. La miré desconcertada. Algo en su mirada me hizo recapacitar. Tuve la impresión que quería acompañarme a mi pequeño apartamento.
Miré el monedero. No era posible. Seguí caminando y le dije un adiós silencioso.
Otee en los estantes, pero la idea, martilleando con fuerza, me hizo reflexionar.
Volví sobre mis pasos y la miré. Se puso contenta al verme. Miré sigilosamente a ambos lados. No quería hacer partícipe a la gente del lugar, que tenía invitado especial. Discreción, por encima de todo. Me situé a su lado y le di un cálido apretón de manos. Hechas las presentaciones, la invité a que se introdujese en el carrito. Rauda, contenta y feliz por la invitación, dió un salto y se introdujo en el mismo.
Ante el hecho de esa visita, me invadió una alegría excitante y desconocida.
Hoy, almorzando juntas, hemos departido alegremente e intercambiado cuitas. No faltaron las carcajadas y los rubores…
Una botella de vino español que accedió a subir a mi pequeño apartamento y sentarse a mi mesa, alegró el día…
sábado, 27 de agosto de 2011
Me falta tiempo para vivir...
Ese día, como tantos otros, el recorriro fué el mismo y nuestros pasos se encaminaron al paisaje repetido de otras veces. Ella, como siempre, me acompañaba. Al igual que a mí, le gusta llenarse los pulmones de brisa marina.
Decidí hacer balance de los debes y haberes que había en mi vida. Haciendo honor a la verdad, encontré más debes que haberes. ¿Para qué engañarnos? Se aprende a vivir con todo. Llegué a la conclusión que no eran los Cien... pero sí había unos cuantos...
Con aire distraído y apático, mire alrededor. De pronto noté un tirón en la manga. Me sorprendió el gesto porque la que me acompañaba es parca en palabras. Hice caso omiso, y un rato más tarde ese tirón volvió a repetirse. Intrigada, dirigí la mirada hacia mi derecha y pude escuchar su apenas audible voz:
- Te veo pensativa y tengo la impresión que estás, como se dice en tu tierra, "barruntando" acerca de tu vida. Se me acaba de ocurrir una idea para que estés un poco más entretenida. ¿Por qué no te compras un ordenador y le das a la tecla?
Y esa pregunta que esperaba por la respuesta, surgió de pronto. ¿Por qué no? – me dije –
Al día siguiente me trasladé a un establecimiento de segunda mano, elegí modelo y compré el ordenador. Ya instalado en el domicilio particular, le di al botón de encendido y miré hacia la pantalla en blanco. En un ángulo de la misma, percibí una sonrisa cálida acompañada de guiño. ¡ Me estaban enviando un mensaje invitándome a que hiciese recorrido !
Mis dedos quietos y expectantes, reposaban encima del teclado. Permanecí inmóvil, conteniendo la respiración.
El dedo meñique con aires de cabreo, dejó escuchar su voz:
-¡Venga ya, muévenos y déjate de rubores!
Así fue como me inicié en esa andadura. Al principio despacio, lentamente, con aires voluptuosos, pero a medida que esas letras en negrita, semejándose a pequeños y coquetuelos lunares, iban cubriendo el espacio en blanco de la pantalla, empecé a animarme.
¿Y qué decir de aquel primer día en el que descubrí que me gustaba escribir? ¡Experimenté la sensación de la borrachera sin alcohol!
¡ Todos estamos contentos ! Mis dedos engalanados con brillantina en el pelo, pajarita en el cuello, y zapatos brillantes de charol, se sienten felices de salir a la pista y bailotear todo tipo de molodías. Unas veces le dan a la sardana, otras toca muñeira, y cuando quieren menear las castañuelas y vestirse de faralaes, eligen la sevillana. Hay días que la nostalgia hace presa de ellos, y es entonces cuando se decantan por el tango o un lento vals...
Claro que no siempre tienen ganas de que los vista de gala. Es entonces al percibir que están apáticos, con aires lánguidos, y que no tienen ansias de mover la cadera, los dejo que reposen y espero a momentos mejores.
Quiero recuperar esos años en blanco que no han sido escritos, y voy a la carrerilla. Ahora sí que puedo decir, que me falta tiempo para vivir…
Decidí hacer balance de los debes y haberes que había en mi vida. Haciendo honor a la verdad, encontré más debes que haberes. ¿Para qué engañarnos? Se aprende a vivir con todo. Llegué a la conclusión que no eran los Cien... pero sí había unos cuantos...
Con aire distraído y apático, mire alrededor. De pronto noté un tirón en la manga. Me sorprendió el gesto porque la que me acompañaba es parca en palabras. Hice caso omiso, y un rato más tarde ese tirón volvió a repetirse. Intrigada, dirigí la mirada hacia mi derecha y pude escuchar su apenas audible voz:
- Te veo pensativa y tengo la impresión que estás, como se dice en tu tierra, "barruntando" acerca de tu vida. Se me acaba de ocurrir una idea para que estés un poco más entretenida. ¿Por qué no te compras un ordenador y le das a la tecla?
Y esa pregunta que esperaba por la respuesta, surgió de pronto. ¿Por qué no? – me dije –
Al día siguiente me trasladé a un establecimiento de segunda mano, elegí modelo y compré el ordenador. Ya instalado en el domicilio particular, le di al botón de encendido y miré hacia la pantalla en blanco. En un ángulo de la misma, percibí una sonrisa cálida acompañada de guiño. ¡ Me estaban enviando un mensaje invitándome a que hiciese recorrido !
Mis dedos quietos y expectantes, reposaban encima del teclado. Permanecí inmóvil, conteniendo la respiración.
El dedo meñique con aires de cabreo, dejó escuchar su voz:
-¡Venga ya, muévenos y déjate de rubores!
Así fue como me inicié en esa andadura. Al principio despacio, lentamente, con aires voluptuosos, pero a medida que esas letras en negrita, semejándose a pequeños y coquetuelos lunares, iban cubriendo el espacio en blanco de la pantalla, empecé a animarme.
¿Y qué decir de aquel primer día en el que descubrí que me gustaba escribir? ¡Experimenté la sensación de la borrachera sin alcohol!
¡ Todos estamos contentos ! Mis dedos engalanados con brillantina en el pelo, pajarita en el cuello, y zapatos brillantes de charol, se sienten felices de salir a la pista y bailotear todo tipo de molodías. Unas veces le dan a la sardana, otras toca muñeira, y cuando quieren menear las castañuelas y vestirse de faralaes, eligen la sevillana. Hay días que la nostalgia hace presa de ellos, y es entonces cuando se decantan por el tango o un lento vals...
Claro que no siempre tienen ganas de que los vista de gala. Es entonces al percibir que están apáticos, con aires lánguidos, y que no tienen ansias de mover la cadera, los dejo que reposen y espero a momentos mejores.
Quiero recuperar esos años en blanco que no han sido escritos, y voy a la carrerilla. Ahora sí que puedo decir, que me falta tiempo para vivir…
Un ramillete...
A pesar del día gris, decidimos subir al monte de San Pedro. La panorámica que se vislumbra desde el lugar, es impresionante.
Enfilando cuesta arriba, miré distraídamente hacia el césped. Eran margaritas. Las arranqué y se las puse en sus regordetas y blancas manos. Sus ojos grandes y expresivos, están llenos de sonrisas.
Tengo la mala costumbre de hacer con bastante frecuencia, traslados de sitios. Esas florecillas silvestres, me llevaron por otros caminos...
A medida que transcurre el tiempo y llega el día feliz de cumpleaños, me hago la sueca.¡ Como que la historia no va conmigo! Juego al despiste. Ya se han pasado las ganas de apagar la velita y comer la tarta de chocolate. No cuela. Ese día el teléfono no deja de sonar para recordarte que en tu vida hay un año más… y uno menos.
Aquel día, por parte de los míos, se formularon preguntas varias.
-¿Qué quieres que te regalemos?
No supe muy bien que responder. El dinero que no tienes termina sobrándote. Claro está que siempre hay algún capricho que ronda la calle.
Medité acerca del regalo a elegir y me dije a mí misma:
- Me gustaría que me regalaran un ramillete de amigos.
He tenido ese ramillete entre mis manos, pero un buen día la cinta que los unía se rompió y ese ramo se fue desperdigando por el camino…
Siempre hay alguien especial que se queda prendido en tu memoria. Se llamaba Asun y nos llevábamos bien. De vez en cuando me decía:
- Rosa, tenemos que ir a buscar la carnada de la pesca de mi padre.
Nos daban una pequeña caja de madera. Al abrirla, las miñocas que iban a formar parte de la trampa de los peces, se retorcían. Contemplándolas, el estremecimiento hacía recorrido.
Compartimos muchas tardes de cine. La entrada era gratis y nos adentrábamos en la sala haciéndole un guiño al portero. De aquellas sesiones vespertinas, recuerdo de forma especial el NODO. Más tarde, desaparecíamos de la sala de proyección e ibamos tras los personajes de la pantalla. ¡ Que tiempos! Lo malo de lo bueno, es que termina pronto. Se encendían las luces, y perezosamente nos levantábamos de la butaca. Había que salir a enfrentarse al mundanal ruido. Dejábamos la magia atrás, esperando con ansia la próxima sesión.
Pequeñas florecillas, movieron los recuerdos…
Volviendo de nuevo al monte y en vista de que se puso a llover, nos dispusimos a regresar. Ya en el coche, dirigí la mirada hacia atrás. Mi pequeño nieto Hugo, apretaba con fuerza en sus manos mojadas de lluvia, el ramillete de margaritas que momentos antes su abuela le había entregado.
Sonriendo, pensé:
- Algún día tendrá un buen ramillete de amigos...
Enfilando cuesta arriba, miré distraídamente hacia el césped. Eran margaritas. Las arranqué y se las puse en sus regordetas y blancas manos. Sus ojos grandes y expresivos, están llenos de sonrisas.
Tengo la mala costumbre de hacer con bastante frecuencia, traslados de sitios. Esas florecillas silvestres, me llevaron por otros caminos...
A medida que transcurre el tiempo y llega el día feliz de cumpleaños, me hago la sueca.¡ Como que la historia no va conmigo! Juego al despiste. Ya se han pasado las ganas de apagar la velita y comer la tarta de chocolate. No cuela. Ese día el teléfono no deja de sonar para recordarte que en tu vida hay un año más… y uno menos.
Aquel día, por parte de los míos, se formularon preguntas varias.
-¿Qué quieres que te regalemos?
No supe muy bien que responder. El dinero que no tienes termina sobrándote. Claro está que siempre hay algún capricho que ronda la calle.
Medité acerca del regalo a elegir y me dije a mí misma:
- Me gustaría que me regalaran un ramillete de amigos.
He tenido ese ramillete entre mis manos, pero un buen día la cinta que los unía se rompió y ese ramo se fue desperdigando por el camino…
Siempre hay alguien especial que se queda prendido en tu memoria. Se llamaba Asun y nos llevábamos bien. De vez en cuando me decía:
- Rosa, tenemos que ir a buscar la carnada de la pesca de mi padre.
Nos daban una pequeña caja de madera. Al abrirla, las miñocas que iban a formar parte de la trampa de los peces, se retorcían. Contemplándolas, el estremecimiento hacía recorrido.
Compartimos muchas tardes de cine. La entrada era gratis y nos adentrábamos en la sala haciéndole un guiño al portero. De aquellas sesiones vespertinas, recuerdo de forma especial el NODO. Más tarde, desaparecíamos de la sala de proyección e ibamos tras los personajes de la pantalla. ¡ Que tiempos! Lo malo de lo bueno, es que termina pronto. Se encendían las luces, y perezosamente nos levantábamos de la butaca. Había que salir a enfrentarse al mundanal ruido. Dejábamos la magia atrás, esperando con ansia la próxima sesión.
Pequeñas florecillas, movieron los recuerdos…
Volviendo de nuevo al monte y en vista de que se puso a llover, nos dispusimos a regresar. Ya en el coche, dirigí la mirada hacia atrás. Mi pequeño nieto Hugo, apretaba con fuerza en sus manos mojadas de lluvia, el ramillete de margaritas que momentos antes su abuela le había entregado.
Sonriendo, pensé:
- Algún día tendrá un buen ramillete de amigos...
miércoles, 17 de agosto de 2011
El llanto de la hiena...
Esperando el autobús que me llevaría al aeropuerto, miré hacia el edificio que estaba a mis espaldas. Esa buhardilla había dejado de estar. Todavía los recuerdo. El tío Nicanor lanzaba los escupitajos al suelo. Eran gruesos y verdosos. La mujer que llevaba compartiendo su rastrera vida durante muchos años, lo miraba con expresión asustada y decía con voz apocada:
- Usa la bacenilla y no los tires al suelo.
La cara del hombre se congestionaba de furor, se levantaba de la mecedora y arrinconaba sobre la pared, a su pobre víctima. Era la fuerza del macho sobre la hembra. La superioridad engreída y sucia, sobre la sumisión y la falta de estima.
Hoy me siento agresiva y con ganas de escupir “para fuera”. No voy a usar la bacenilla de porcelana, pero sí las teclas de mi ordenador. La culpa la tienen los frutos secos que reposaban sobre el estante del supermercado. Había de todo. Higos, pasas, orejones, dátiles…tenían precio de saldo y quise ver la fecha de caducidad. Lo que me temía: estaban caducados.
Y yo me pregunto: ¿qué hacer cuando te caducan la vida, sintiendo que estás en vigor?
Antes el oficio de escritor era difícil y tenía renombre. Las cosas han cambiado. Ahora el que más y el que menos y tras pasar por imprenta y elegir modelo, escribe el guión de su película y espera a verse en el escaparate. Es una forma de dejar huella de su paso por la vida.
Recuerdo una nevada acontecida el invierno pasado. Salimos al campo y pisamos la nieve. Mirando hacia atrás, pude percibir las huellas que mi pie dejaba escritas. Al día siguiente, al volver a ese descampado, la nieve se había derretido y no quedaba nada de esas huellas…
Ayer tarde comiendo un racimo de uvas de Sudáfrica y dejando que el zumo se deslizase por mi garganta, dejé que el paisaje cambiase de color De pronto me encontré conduciendo un jeep por la sabana africana. Un tórrido viento movía mis rojos y revoltosos cabellos. El vehículo corría a gran velocidad e iba dejando atrás la fauna…
A la caída de la noche intentando dormir en la tienda de campaña y embadurnada de repelente para los mosquitos, dejé vagar la mirada soñadora por la tienda. Buscaba a Robert…
En la lejanía se dejaba oír el llanto de la hiena.
Me persigue a todas partes…
- Usa la bacenilla y no los tires al suelo.
La cara del hombre se congestionaba de furor, se levantaba de la mecedora y arrinconaba sobre la pared, a su pobre víctima. Era la fuerza del macho sobre la hembra. La superioridad engreída y sucia, sobre la sumisión y la falta de estima.
Hoy me siento agresiva y con ganas de escupir “para fuera”. No voy a usar la bacenilla de porcelana, pero sí las teclas de mi ordenador. La culpa la tienen los frutos secos que reposaban sobre el estante del supermercado. Había de todo. Higos, pasas, orejones, dátiles…tenían precio de saldo y quise ver la fecha de caducidad. Lo que me temía: estaban caducados.
Y yo me pregunto: ¿qué hacer cuando te caducan la vida, sintiendo que estás en vigor?
Antes el oficio de escritor era difícil y tenía renombre. Las cosas han cambiado. Ahora el que más y el que menos y tras pasar por imprenta y elegir modelo, escribe el guión de su película y espera a verse en el escaparate. Es una forma de dejar huella de su paso por la vida.
Recuerdo una nevada acontecida el invierno pasado. Salimos al campo y pisamos la nieve. Mirando hacia atrás, pude percibir las huellas que mi pie dejaba escritas. Al día siguiente, al volver a ese descampado, la nieve se había derretido y no quedaba nada de esas huellas…
Ayer tarde comiendo un racimo de uvas de Sudáfrica y dejando que el zumo se deslizase por mi garganta, dejé que el paisaje cambiase de color De pronto me encontré conduciendo un jeep por la sabana africana. Un tórrido viento movía mis rojos y revoltosos cabellos. El vehículo corría a gran velocidad e iba dejando atrás la fauna…
A la caída de la noche intentando dormir en la tienda de campaña y embadurnada de repelente para los mosquitos, dejé vagar la mirada soñadora por la tienda. Buscaba a Robert…
En la lejanía se dejaba oír el llanto de la hiena.
Me persigue a todas partes…
martes, 16 de agosto de 2011
La vitrina
Me mira con ojos mimosos y le sonrío. Se siente querida por mí. Infinidad de veces los míos me han instando para que la tire. Me niego en redondo. El día que la vi en el escaparate, hubo filing entre las dos y quise que me perteneciese. Nos miramos y supimos que no íbamos a separarnos nunca. Al final vino conmigo. Es un mueble al que le tengo cariño y guarda muchos de los libros que heredé de la biblioteca de mi progenitor. Imposible deshacerme de ella. Tiene un gran valor sentimental para mí. Me ha dado algún que otro disgusto, porque en cierta ocasión se puso malita. Una mañana, cuando miré sus “bajos fondos”, noté algo extraño. Era un grupo de virutilla fina que reposaba en un ángulo del mueble. Hice cábalas sobre el asunto y me dije:
- Han entrado los intrusos en mi hogar…
Me asusté, todo hay que decirlo. No me gusta que invadan mi intimidad. No sabía, a ciencia cierta, a quién llamar. Pensé en la policía, pero no quise alarmar a la familia.
Me decanté por un especialista en la materia y cuando oí la sentencia, me puse lívida y me temblaron las piernas:
- Señora, su vitrina tiene termita y hay que sanearla rápidamente.
Tengo que confesar que sentí una gran congoja, y tuve que mirar al techo y entablar diálogo con la lágrima furtiva que pugnaba por salir.
Me puse en movimiento y actué con prontitud. Se la llevaron durante unos días y la pusieron en tratamiento. Mientras tanto, escondida en mi pequeño apartamento, no podía hacer nada. Pensaba con dolor en mi querida vitrina y añoraba con fuerza su presencia. Quería que volviese a mi lado lo más pronto posible.
Días más tarde apareció por la puerta. Me dio la sensación, mirándola, que me decía:
- Rosa, he retornado al hogar, ya estoy de nuevo contigo y puedes llenarme de esos libros maravillosos que te ha regalado tu querido padre; todavía estoy un poco débil, por tanto, no me cargues demasiado…
Así lo hice y con mucho mimo. Le encontré mal color y quise ayudarla en su convalecencia. Bajé a la droguería y compré un bote de barniz color caoba. Muy despacito, con una pequeña brocha, le di varios brochazos. En mis movimientos había mimo y cariño. Cuando la observé desde un ángulo del salón, lucía de otro modo. ¡Había viveza y resplandor en la mirada!
De toda esta historia, me ha quedado un sabor amargo. Odio, profundamente, a las termitas que se meten en tu casa sin pedir permiso. Constantemente, vigilo los muebles de los míos. No quiero que a ellos les pase lo mismo. Estos intrusos animalitos, lo carcomen y lo invaden todo…
- Han entrado los intrusos en mi hogar…
Me asusté, todo hay que decirlo. No me gusta que invadan mi intimidad. No sabía, a ciencia cierta, a quién llamar. Pensé en la policía, pero no quise alarmar a la familia.
Me decanté por un especialista en la materia y cuando oí la sentencia, me puse lívida y me temblaron las piernas:
- Señora, su vitrina tiene termita y hay que sanearla rápidamente.
Tengo que confesar que sentí una gran congoja, y tuve que mirar al techo y entablar diálogo con la lágrima furtiva que pugnaba por salir.
Me puse en movimiento y actué con prontitud. Se la llevaron durante unos días y la pusieron en tratamiento. Mientras tanto, escondida en mi pequeño apartamento, no podía hacer nada. Pensaba con dolor en mi querida vitrina y añoraba con fuerza su presencia. Quería que volviese a mi lado lo más pronto posible.
Días más tarde apareció por la puerta. Me dio la sensación, mirándola, que me decía:
- Rosa, he retornado al hogar, ya estoy de nuevo contigo y puedes llenarme de esos libros maravillosos que te ha regalado tu querido padre; todavía estoy un poco débil, por tanto, no me cargues demasiado…
Así lo hice y con mucho mimo. Le encontré mal color y quise ayudarla en su convalecencia. Bajé a la droguería y compré un bote de barniz color caoba. Muy despacito, con una pequeña brocha, le di varios brochazos. En mis movimientos había mimo y cariño. Cuando la observé desde un ángulo del salón, lucía de otro modo. ¡Había viveza y resplandor en la mirada!
De toda esta historia, me ha quedado un sabor amargo. Odio, profundamente, a las termitas que se meten en tu casa sin pedir permiso. Constantemente, vigilo los muebles de los míos. No quiero que a ellos les pase lo mismo. Estos intrusos animalitos, lo carcomen y lo invaden todo…
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